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Las explicaciones y las comprensiones

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Antes, a menudo pensaba que si una persona que me preguntaba algo, no podía comprender mis explicaciones, era porque no tenía capacidades suficientes, o bien, mis explicaciones eran demasiado complicadas. Como no puedo cambiar las capacidades de comprender de una persona, y sí que puedo mejorar la calidad de mis explicaciones, me dediqué precisamente a esta tarea. En mi propio pellejo probé someterme hasta la cabeza a una cantidad enorme de diferentes tenebrosidades. Y después de probarlas todas, hasta el nivel más insoportable, pude salir de este estado aplicando mi propia práctica. Esto me permitió estudiar tanto las tenebrosidades mismas como el método de su eliminación.

Pero después pasó algo que me dejó sorprendido. Resultó que mi trabajo realizado no cambia en casi nada mis capacidades de explicar claramente, hasta en el caso en que una persona trata de comprender mis explicaciones. Por el otro lado es fácil notar que era suficiente repetir a algunas personas mi explicación tres-cuatro veces con diferentes palabras, y, demostrarlo con los ejemplos de varias situaciones, y todo fue claro. Después me di cuenta de que el motivo de la incomprensión no consiste sólo en que mis explicaciones eran insuficientemente claras, aunque sin duda, la claridad absoluta es deseable para transmitir cualquier experiencia. Pero el problema principal estriba en otra cosa: la gente parece que quiere entender algo, pero no puede hacerlo, y en realidad NO QUIEREN COMPRENDER. ¿Pero qué es lo que no quieren comprender? Todo lo que sea o todo  lo que se refiere a recibir las impresiones, entrar en el círculo de los practicantes, satisfacer el SImP, causar impresión a los demás, etc. Pero el deseo mismo de comprender, el deseo de cambiar la vida teniendo en cuenta esta comprensión no lo tienen para nada, o está muy poco destacado. Para convencerme a mí mismo, llevé mis explicaciones hasta el nivel cuando cualquiera, hasta un imbécil total, pudiera comprenderlas. Lo mostraré en un ejemplo esquemático. Por ejemplo, pregunto a una persona por qué no lleva a cabo un experimento. Me contesta que no quiere. Entonces le pregunto lo mismo pero con otras palabras y me contesta que no puede. En este momento me paro y le digo: “Antes me has dicho que no quieres pero ahora me dices que no puedes, y la pregunta es la misma”. Esto significa que en uno de los casos, conscientemente o no, me has mentido. ¿Cuándo me has mentido y por qué?”. En 99 de cien casos la persona se niega a reconocer el hecho de esta contradicción. Se pone a explicarme el rollo de que “no quiero” era cierto, pero por el otro lado “no puedo” era cierto también, que cualquier cosa depende del punto de vista, y, en realidad, lo tenía en cuenta cuando hablaba contigo… al fin y al cabo no reconoce el hecho de haberme mentido en uno de los casos.  Hace poco en el experimento de Skvo con los “budistas”, uno de ellos a su pregunta “cuáles son los resultados de su práctica” respondió que no hay resultados intermedios, el resultado es único – llegar a la iluminación total y no hay más opciones: o lo consigues, o no. Skvo le respondió con las citas del texto de Mahamudra, donde están descritos detalladamente los resultados intermedios de la práctica del budismo (hay un montón de ejemplos en los libros sagrados de los budistas) y le preguntó qué era sino la descripción de los resultados intermedios. La persona que, de verdad, quiere comprender, notaría enseguida su falta, y empezaría a buscar la razón de ésta, o, mejor dicho, tenebrosidades, concepciones, EN que le habían llevado a la conclusión falsa. Pero el interlocutor de Skvo decidió hacer un truco muy típico, afirmó que no era la descripción de los resultados intermedios sino se trataba de las etapas intermedias y a la pregunta de si no es lo mismo, contestó que es una cuestión de semántica.  Es uno de los ejemplos más claros de la mentira brutal, de la insinceridad que se manifiesta en la mayoría de los casos cuando tratas de explicar algo a alguien, y, tú mismo, inventas en tu interlocutor el deseo de comprender, que en realidad no tiene. Esto significa que no se trata de explicar claramente, sino de la falta del deseo de comprender algo.

La mayoría absoluta de los que anuncian que son practicantes hacen cualquier cosa, pero no practican ni buscan los caminos para comprender más. Para ellos no es más que uno de los modos de recibir las impresiones, o atraer la atención, y, el rasgo representativo de esta gente es el miedo patológico a las conversaciones de los resultados intermedios (porque no los tienen).